si falta López falta justicia

si falta López falta justicia
detenido desaparecido el 18 de septiembre de 2006

Venimos trabajando desde el año 2006. Hoy somos un grupo de mujeres que encontramos en el arte un modo para reflexionar y operar sobre nuestra realidad, tomando diversas problemáticas políticas y sociales que nos convocan y nos interesan. El discurso artístico es el medio y el cuerpo la principal herramienta de ese discurso. A veces hacemos producciones coreográficas y otras, acciones más performáticas y agitativas, buscando la expresión y participación colectiva. Generalmente abordamos el espacio público como escenario o lugar de manifestación.
Armamos este blog para comunicar parte de nuestra actividad y para dar difusión a las producciones de otros artistas y grupos que trabajan desde un arte que se posiciona ideológicamente pero que también abre preguntas y posibilita diversas respuestas.
En ocasiones subimos textos nuestros o textos de otros que nos resultan interesantes, motivadores, y creemos que pueden aportar al debate y a la reflexión en torno al hacer artístico y a los contextos en que ese hacer se inscribe.
Pero como nuestro universo de acción no se limita solamente al ámbito artístico, en este espacio también informamos acerca de eventos políticos, sociales y culturales que consideramos importante divulgar y apoyar.
En este blog utilizamos fuentes de distintas procedencias, no nos sentimos atadas a una línea editorial en particular ya que como colectivo no pertenecemos a ninguna agrupación ni partido político.
Nos gustaría mucho que quienes visitan este sitio, nos dejen su opinión, comentario, crítica...

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Arte y política

Arte y Política.- “Todo arte es político, incluso aquel que se supone exento de esas discusiones”. Eso ya lo sabemos. “El arte es una herramienta de transformación social”. También lo sabemos. Pero ¿cómo se efectúan, en la actualidad, esos cruces entre arte y política? ¿Puede obviarse la “política” del campo artístico en estos debates? ¿Es suficiente “sacar el arte a la calle” o el arte público ya no es (por sí mismo) una estrategia revulsiva?

Sacar el arte a la calle puede ser una estrategia disruptiva que dispute la pertenencia de la producción artística a los espacios (institucionales y simbólicos) configurados para tal fin, en la búsqueda de interpelar a un público diferente del especializado, de popularizar las formas. Hace tiempo que el arte ha tomado la calle, desde experiencias autogestivas como las redes de Teatro Comunitario, las murgas y cuerdas de candombe, los colectivos artísticos o las crews graffiteras.
Sin embargo, el mismo campo artístico ha logrado institucionalizar hasta las expresiones más radicales de la producción comunicativa, apropiándose, organizando y catalogando el arte urbano, callejero, público e incluso el artivismo a través de encuentros, bienales, seminarios y concursos. Asimismo, no podemos desconocer que existe una política del campo artístico, en la que las relaciones de poder y hegemonía se traducen en quien legitima ciertas prácticas en detrimento de otras, en la definición de “lo artístico” que supone un status específico que lo eleva por sobre lo comunicativo o el arte popular. Dejar que otros definan y construyan la genealogía del arte y las prácticas estéticas implica relegar un espacio de discusión, anularse como interlocutor y replegarse en el rol (bastante cómodo a veces) de estar siempre “en la vereda de enfrente”. Repetidas veces, podemos observar que, bajo un arte de “contenido político” no hay otra cosa que la reproducción de lo dado, la repetición de un lugar común: una representación de la pobreza, la injusticia o cualquier otro “mal social” en la que sólo el artista tiene voz y decide posar su mirada sobre aquellos otros desclasados, marginados o menospreciados por la historia.
No pretendemos con esto limitar el debate a los espacios académicos e institucionales. El debate también se da en la calle, en los ámbitos compartidos, en la web y es, desde ya, a partir de la producción creativa y de la articulación de dichas producciones que se construyen los sentidos. Es también en esos espacios compartidos en donde juega la legitimación, bajo lógicas y estéticas diferentes.

La definición del “arte como herramienta de transformación social” nos obliga a repensar cuáles son las operaciones y los recursos que, desde el lenguaje artístico, pueden propiciar o generar dicha transformación. El arte (en sus más variadas disciplinas y dispositivos) no es transformador por sí mismo, sino que es en su poder de interpelación y/o de producción colectiva-colaborativa donde reside el potencial transformador: la re-construcción colectiva de la historia local y la movilización hacia la organización; la interpelación al usuario-consumidor de internet y las redes sociales generando interrupciones en el discurso hegemónico mediante los mismos lenguajes y medios en los que se distribuye; la señalización e intervención urbana en pos de la visibilización del femicidio y la injusticia, la acción artística disputando la ocupación del espacio público, son algunas de las prácticas recabadas en este envío especial. No son las únicas, no son excepciones, no son producto de artistas iluminados e individuales, sino de propuestas colectivas que se definen y se construyen con un fuerte anclaje contextual y coyuntural.
Esto nos obliga a repensar cuáles son las herramientas de las producciones artísticas contrahegemónicas. ¿Un taller de plástica en un barrio es, en sí misma, una acción transformadora? Muchas veces vemos cómo el tallerista paracaidista genera espacios que se plantean como tiempos neutros en un cotidianeidad que le es ajena, enseña técnicas pero no sociabiliza herramientas, y mantiene la relación unidireccional del que enseña y el que aprende. Hace décadas, realizar un stencil o un graffiti constituía una práctica de vanguardia, callejera, que rompía con lo que el arte debía ser y decir y sus formatos posibles. Hoy, esa herramienta es utilizada por movimientos sociales, artistas y colectivos, pero también por los partidos políticos, los estrategas del marketing y las marcas comerciales. Por eso mismo, se puede disputar sentido desde dispositivos considerados (a priori) hegemónicos. Los códigos de la web, la circulación de imágenes y contenidos en las redes sociales, el lenguaje publicitario no tienen por qué ser territorio ajeno a las prácticas artísticas transformadoras. Esos lenguajes que nos atraviesan e interpelan cotidianamente (en la gráfica, en la vía pública y en los medios) también pueden utilizarse para construir otros discursos.

El arte también puede potenciar la acción política. A la parafernalia tradicional de las movilizaciones y reclamos en el espacio público (volantes, carteles, murga, stencils, grafittis y figurones) se suman diversas estrategias y formatos artístico-comunicativos: intervenciones y apropiaciones simbólicas, performances participativas, murales colectivos, sellos, imágenes y publicidad apócrifa (Estación Darío y Maxi, Aparición con Vida de J.J. López, Justicia por Sandra Ayala Gamboa, aniversarios del golpe del 24 de marzo) entre otros ejemplos, con el objetivo de trascender los formatos tradicionales del panfleto político y dejar una huella que perdura más allá del momento de la movilización. Si el siluetazo (todavía en el proceso de la última dictadura) y el escrache (en plena década menemista) fueron algunas de las primeras articulaciones contemporáneas entre el discurso artístico y el reclamo político y social, la variedad de dispositivos y formatos a los que se recurre actualmente parece no tener límite.

Experiencias articuladoras

Parte de las riquezas de estas prácticas alternativas y alterativas reside en la articulación entre grupos o nodos para debatir, generar redes y multiplicar acciones.
El Encuentro Regional de Arte y Política “La calle es nuestra” fue uno de los espacios que se generaron en este año en torno a las cuestiones mencionadas anteriormente. Pero no fue el único: la coordinación y movilización por los Puntos de la Cultura, la gestión de redes de centros culturales y su 1er encuentro en Mar del Plata, la proliferación de las FLIA (Feria del Libro Independiente y Autogestiva) y de las redes de teatro comunitario, dan cuenta de la variedad de prácticas y colectivos que se organizan bajo una lógica distinta de la institucional o estatal: la horizontalidad, la articulación y la autogestión.

Lejos de la anacrónica concepción del artista que “se pone al servicio de la causa”, de la práctica creativa como producción de una obra única y objetual, encontramos un escenario en el que las producciones surgen de estrategias colaborativas, de la articulación entre colectivos, artistas y organizaciones con el objetivo de visibilizar, disputar sentidos y accionar en el espacio público desde los dispositivos y formatos más variados. Desde el stencil hasta las páginas web, desde los espacios institucionales-académicos hasta los autogestionados, la relación entre el arte y la política ya no se concibe como el cruce momentáneo y oportuno de dos esferas distantes sino como prácticas que se implican mutuamente, que se funden en producciones que trascienden la mera representación y hablan desde la acción.
Prensa de frente